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Del caos a las letras

He cruzado el infierno en busca de alas y solo encontré dos pedazos de papel rasgado de algún cuadernillo olvidado. Los recogí del piso, tomé una piedra caliente. Mis dedos se quemaron, no lo niego, pero con esa piedra cargada de la culpa de miles de almas en pena pude escribir.

En esos dos trozos de papel redacté mi vida. Rifé una a una mis penas hasta que estuvieron todas dispuestas a salir, dispuestas a darse golpes y convertirse en letras.  Me permitieron unir los fragmentos de mí misma y darle paso a lo que en un futuro pudiese ser llamado arte.

Abandoné los formatos, las reglas, los dogmas y solo estuve con esa piedra y el papel, volcándome en espíritu como quien vomita hasta la bilis con tal de encontrar la salud perdida.

He decidido ser yo. He regresado a este medio sin salir de mi infierno solo para compartir con ustedes mi metamorfosis. Espero poder levantarme en medio de las cenizas y bailar, reírme de las brasas, cantar, pintar, escribir y SER. Anhelo que al final del camino estén ustedes a mi lado, celebrando los logros que juntos podamos construir.

Es por ello que los esperaré siempre con sus comentarios y aportes.

Con el mismo cariño de siempre,

Nicole.

 

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Aquella luz

Aquella llama tenue que iluminaba mis pasos se apagó.

Extinguió poco a poco su esencia, opacó su existencia y con la luna un día se fugó.

Era una lucecita blanca, cálida y esperanzadora. Era una luz chica, débil, que me guiaba en los días de penumbra y zozobra.

Las amargas voces del viento le hablaron, hicieron temblar la pequeña mecha de la que se sujetaba hasta que no pudo soportar más. Y se extinguió…

Me dejó a oscuras, tanteando en el bosque del olvido, buscando mi camino, ahí me abandonó.

Me perdí. Sin aquella diminuta luz que me guiaba, me perdí. Me perdí en el sendero, me perdí entre mis pasos viejos y cansados… Me perdí de mí.

Nocturna

Queridos angmonios:

Luego de una ausencia obligada, regreso con un nuevo relato que resulta de una continuación de un fragmento que publiqué en mi cuenta de Instagram (pueden ver mis garabatos y mis fragmentos casi diarios tanto en mi cuenta de Twitter como en la de Instagram). Espero verlos por aquellos espacios sociales.

Sin más preámbulos, los dejo con mi escrito de hoy.

Nocturna, criatura nocturna
Alma perdida, sin fin el tormento
Sin esperanza, taciturna
Espera la calma del viento

Mujer, bestia de noche transfigurada
Aguarda la dulce paz del sueño
Mas llega la roja alborada
Y su vida no encuentra sosiego

Las ansias… la locura domina la estancia
Aromas mortales impregnan el lecho
De rodillas y en llanto pronuncia
Una súplica que calme su pecho

Mas no hay quien escuche su rezo
Se consume todo en dolor y lamento
Un tumulto de horas enjuician
Su destino ahora es incierto

El puñal hiere, la bestia rendida
La luna observa el acto en silencio
El mundo detiene su marcha errante
Nocturna criatura… sufrimiento eterno

Esta noche

Mírame una vez más con tus pupilas encendidas
Cual brasas en la medianoche de verano
Calienta mi alma entre tus manos
Besa todas mis batallas perdidas

Lléname de ti la noche entera
Déjame acariciar todas tus penas
Calma mis demonios con tus palabras prohibidas
Envueltas en esa voz de miel y azucenas

Recuérdame olvidarte cuando la mañana traicionera
Me obligue a dejar tu apacible orilla
Cuando los fantasmas de esta vida mía
Vengan por mí y me conviertan en quimera

Regálame un segundo de tu ocio
Dame una esperanza sin vida
Para tratar de renacer de gozo
Aunque muera luego en la desidia

Que mis versos tristes y disparejos
Resuelvan al menos una sonrisa
En esta noche en que, tan lejos,
Trato de encontrar tu alma perdida

Inspirado en un personaje de un libro que aún no he escrito.

Treinta segundos en el infierno

Mis ojos se clavan en el reloj mudo que abraza mi muñeca. Veo como pasan los segundos, impasibles y amenazantes. Calma, todo esta en calma.

El motor del viejo carro del vecino me saca de mi absorto momento y pienso que debo lev NO CXXXantarme para continuar con la jornada.

Algo me distrae. Un aviso me retiene en mi letargo. Verifico lo que me dicen, me entretengo con imágenes sin importancia. Sonrió. Todo está en calma.

Mis ojos, como pies desnudos, buscan una vez más la tormenta. Busco algo. Lo busco y lo encuentro, porque ciertamente no le llegado ahí por obra del azar. Encuentro mi desdicha, una tristeza profunda, al saber que la maleza en mi alma sigue y seguirá creciendo de manera infinita.

Me torturo. Los demonios hacen conmigo lo que quieren. Juegan con mi mente, me lastiman, me hacen caer en la tentación de alejarme y huir de nuevo.

Siento que el peso de la vida misma me aplasta y me convierte en un sangrante trozo de carne en el suelo, lista para ser devorada por los perros de Satanás.

El temor se apodera de mí. La soledad me invade. La tristeza me agobia, una vez más.

Aquella calma solo anunciaba un desastre. Miro el reloj y noto que el tiempo se ha suspendido. El reloj mudo no informa sobre los segundos que siguen corriendo fuera de esta burbuja tenue en la que me encuentro.

Ella está ahí. Ella me observa y me dice que no se piensa retirar. Su perfecta silueta invisible me atormenta, marca con sus malditas huellas mi piel imperfecta. Se materializa en líneas firmes y despierta mi odio en todo su esplendor. Cubro mi rostro con ambas manos y contengo mis gruñidos de fiera.

Respiro lentamente. Busco la calma de nuevo. Intento restablecerme. Escribo con aquella ira que me destruye. Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar, inhalar…

El reloj me mira. En silencio, pone en marcha el tiempo. Me prometo mantener la cordura y callar. Será imprescindible quedarme en silencio luego de aquel pasaje nefasto.

Calma, todo está en calma…

Eres…

Eres el mar que baña mi orilla
Eres la brisa que peina mi pelo
Eres todo y nada en mi vida
Eres sutil como terciopelo

Eres la perfecta mañana clara
Eres la noche, eres silencio
Eres todo lo que esperaba
Eres todo cuanto no tengo

Eres distancia y cercanía perfectas
Eres esa dulce fruta predilecta
Eres el mar agitado y profundo
En el que cada día me hundo

Eres la historia que aún no se escribe
Esa frase que no lleva el olvido
Eres el cuento que nunca prescribe
Eres un buen recuerdo vivido

Corazón clandestino

Corazón mío, ¿qué has hecho?
Errante vas cual peregrino
A buscar dudas en el camino
Lejos de tu cálido lecho

No vueles distante de lo evidente
Mantén tu paso firme adelante
Desprende la ilusión sorprendente
Aquella que sigues delirante

Que el amor no enceguezca tu destino
Las dudas no se posen sobre tu pecho
La demora de lo clandestino
No debilite con su acecho

Vuelas en la distancia traicionera
Te sometes a sueños imposibles
Haces de la miel una quimera
Pernoctas entre laudos impasibles

Revuelves como brisa enloquecida
El sueño tranquilo del distante
Mas no miras la luna delirante
Con su tenue luz enrarecida

Y si algún día despiertas
Del ensueño profundo del olvido
Recuerda la historia de la aurora
Aquella que terminó en un suspiro

Los espíritus del silencio

Los espíritus del silencio
Han regresado para darme tormento
En sus voces mudas escucho mi llanto
Y en sus frías manos siento mi quebranto.

Miles de palomas en el cielo oscurecido
Revolotean, como la alondra una vez lo hizo
Mi cuerpo, por el dolor vencido,
Cae de bruces frente al altar prohibido.

Mis labios saborean la tierra de tus zapatos
Mi corazón late al son de tus pasos
Mi vida entera se detiene mientras allí te quedas
Mirando la luna en la noche serena.

Son más de mil gotas
Las que resbalan sobre mi alma rota
Son millones de recuerdos
Los que nunca existieron.

Tú, la luna y un lucero

Mi realidad se confunde con un sueño

Mis esperanzas se esfuman en el viento

Las raíces que me sujetan a la tierra

Flotan hoy en el firmamento

Pusiste candados a la puerta

Desterraste todos mis recuerdos

Me olvidaste a la vera del camino

Aborreciste mi destino incierto

De tu brazo la luna cándida y un lucero se pasean

Mientras esta soledad destroza mis cimientos

El gusano mora en mis venas

En mi corazón renacen los tormentos

Amargo dolor quebrantando mi alma

Despertando los demonios aquellos

Cuando me ha abandonado la calma

Me sumerjo en el frío silencio

Mi rostro humedecido por la lluvia eterna

Mi alma en mil pedazos yace en el suelo

Muere parte de mí esta noche

Cuando, imprudente, revivo tu recuerdo

Tamborilero

Transcurría el año 2001, uno de los años más intensos de mi vida. Fue una montaña rusa emocional; supongo que a mis diecisiete años estaba experimentando la cruel adolescencia.

Dado que yo estudiaba en un colegio de señoritas (debería encerrar entre comillas esa palabra, ya que unas cuantas no cumplian con los parámetros para serlo, bien sea por detalles fisiológicos o por los de trato sutil y amable de una damita…), mi tía decidió que había llegado la hora de que conociera más chicos.

Mi tía se puso en un plan de búsqueda de alguna actividad que me ayudará a desarrollar algún talento y que a la vez me permitiera un poco de contacto social. El reto mayor era convencer a mi madre de que me dejara salir.

Finalmente, una tarde cualquiera, mi tía encontró un anuncio bastante simple en el que buscaban cantantes para uno de los coros de la iglesia. Cuando vi aquello, sentí mucha emoción, a la par que temor. Amaba cantar, tenía experiencia previa como solista, pero mi timidez y mis inseguridades se imponían ante las ganas de vivir de nuevo la pasión por cantar.

Bien, para resumir mi historia y llegar al punto importante en esta ocasión, les cuento que me gané el ingreso al coro, me dieron un puesto privilegiado como solista de muchos temas, me enamoré de dos chicos en simultáneo, sufrí varias desventuras a cargo de una alcohólica prematura, viví la bendición de tener amigos y detractores… entre mil detalles más que prometo narrarles en un futuro cercano.

Recuerdo un día entre octubre y noviembre en el que, como coro, debíamos salir de nuestra zona de confort para prestar apoyo a otra parroquia. Para ello, se hizo el llamado a tres músicos eventuales: un pianista alto y huesudo llamado Miguel (recuerden este nombre… fue el causante de inspirarme una veintena de poemas de amor agridulce e imposible), un guitarrista al que tengo solo como una mancha en mi mente al no poder recordar nada de él y, por último, un percusionista que aparentaba no más de doce años de edad, llamado Samuelito, quien no paraba de hacer bromas y reírse de todo.

Pasado ese evento, no vi más a los dos últimos chicos.

Adentrado el mes de noviembre comenzó la locura musical por la feria de la patrona de la ciudad y los ensayos navideños. Para ese entonces yo había asumido varias responsabilidades en mi grupo eclesial y pasaba muchas horas en el templo. Fue entonces cuando vi de nuevo a Samuelito, el niño percusionista; durante ese periodo lo vi a diario en los ensayos y presentaciones de mi coro, y llegué a desarrollar cierto afecto por el alegre chico.

Aquella semana había sido intensa para todos: éramos jóvenes, la mayoría aún asistía a clases de escuela o de la universidad y estábamos en los exámenes finales, por ello no me pareció raro que Samuelito no nos acompañara. Sin embargo, el chico se hacía extrañar, tanto así que me vi en la necesidad de preguntar por él al resto del grupo. 《No va a venir durante unos días, le están haciendo su tratamiento》, me respondió una de las vocalistas.

Durante el fin de semana, dos de mis compañeros del coro (uno era Miguel), se pasaron por mi casa y entre bromas, canciones y charlas sin sentido, salió a relucir el nombre de Samuelito.

-Hace falta Samuelito en el grupo. Es un niñito muy ocurrente – dije.

-¿Niñito? -Dijo Carlos, uno de mis amigos. -Samuelito es mayor que tú.

Negué con la cabeza. La verdad es que por su aspecto infantil aquella edad me resultaba inconcebible.

Esa misma tarde corroboré que, en efecto, Samuelito no aparentaba la edad que tenía. Y lo supe directamente de boca de su madre, una dama que jamás olvidaré por su carisma y entereza.

La historia de Samuelito empezó con el deseo desmedido de una pareja por llenar su hogar de risas infantiles. Más de una década de relación y aquel anhelo no se cumplía, ni aún luego de practicar mil tratamientos de fertilidad, hasta que los médicos comprobaron queno había manera de llenar de vida aquel vientre seco.

Una Navidad, la madre se puso de rodillas en la iglesia y apeló a la creencia de que solo un milagro podría darle un hijo.

El tiempo pasó sin variaciones; los días se apilaban en meses y años, hasta que la pareja tomó la decisión de darle todo su amor a una niñita que llegó en el momento oportuno por las leyes de los hombres.

En medio de la felicidad que esta pequeña les otorgaba, un declive de salud ensombreció los días de luz. La madre comenzó a sentir malestares incomprensibles, dolores, cansancio, debilidad. Los médicos no hallaban nada malo en los chequeos que le practicaban, hasta que un joven médico decidió practicar un examen radical…

-Permítame decirle que usted tiene mejor salud que cualquiera de nosotros -dijo el joven galeno, sonriendo al saber la genialidad de su decisión.- ¡Felicidades! Usted está embarazada.

La vida de esta pareja se hizo un mar de alegría. La vida les había concedido la manera de amar de manera infinita a dos criaturas con orígenes distintos, ambos perfectos: la niña Marcelita, linda y dulce como un caramelo de miel, y a Samuelito, la sorpresa más agradable del destino.

Gracias al amor de estos niños la madre pudo afrontar la pérdida de su amado esposo cuando la desventura tocó su corazón y lo quebró en diminutos fragmentos, arrancando de su ser un último aliento en tierras lejanas.

Los pequeños crecían llenos de luz en la mirada. Ambos mostraban una inteligencia sobresaliente y una energía que no pasaba desapercibida. Sin embargo, sus cuerpos se desarrollaban a diferentes ritmos: Marcelita crecía y se fortalecía; Samuelito mantenía la misma talla mes tras mes y era frágil de salud. La madre, preocupada, optó por someter al niño a la expectante atención médica y fue así como descubrieron que el niño tenía unos riñones que se marchitaban un día a la vez.

Todo se intentó, sin resultados positivos. Hasta que un donante anónimo le devolvió la salud a Samuelito a través de su riñón.

La Tierra giró muchas veces. Samuelito se había convertido en un joven alegre, talentoso, brillante, acostumbrado a constantes citas clínicas y periodos de tratamientos muy intensos para asegurar que sus órganos funcionaran como se supone que debían hacerlo. Faltaban solo meses para que empezara a estudiar para ser médico como su padre. No alcanzó una gran estatura ni rostro de mayor edad. Su complexión física le bajaba años y él no se incomodaba con ello. De hecho, con su aspecto aniñado solía llamar la atención de las chicas que lo veían con ternura. Aguantaba con valentía todo su sufrimiento, fortaleciendo su espíritu con una esperanza: vivir una Navidad más, y así, año tras año, esta celebración lo mantenía batallando.

Sucede que aquella semana en la que estuvo ausente de sus labores en el espacio musical que compartimos su salud había tenido un declive pronunciado: sus riñones estaban muriendo. No quedaba otra opción que limpiar su sangre con diálisis constante.

Cuando me percaté de aquello, entendí que detrás de cualquier risa brillante podía ocultarse alguien que deseaba aferrarse a la vida y luchar con dientes y uñas por no irse de este mundo que apenas empezaba a abrir sus pétalos para él.

Mi estima hacia el chico se incrementó notablemente. Por ello me llené de felicidad al verlo algunas semanas más tarde, aferrado a su tambora, llenando de rítmicos tum-tam-tum el templo de adoración las horas en las que el sol apenas acababa de asomarse. Posteriormente, seguíamos en un salón amplio, practicando hasta el cansancio los temas que acompañarían la celebración de Navidad.

Samuelito se emocionaba golpeando divinamente el cuero y la madera de su tambora. Cada canción era para él una obra maestra. Pero ninguna le resultaba más querida que Tamborilero, quizás porque así lo apodamos todos. Aquel tema de un niño pobre que quería darle un regalo especial al Cristo recién nacido llamaba la atención de nuestro Samuelito.

Por fin, llegó el día esperado por todos. Yo estaba estresada por ser la solista de Noche de paz. Aquellos tonos altísimos me mataban de los nervios. Ni mis compañeros lograban hacerme sentir más segura. En fin… canté mi tema asignado, y empecé a disfrutar de lo poco que quedaba de la celebración religiosa. Tan absorta estaba con mis asuntos que no fue sino hasta el momento de cantar Tamborilero que me percaté de que Samuelito no estaba detrás de la tambora. Sentí un vacío en el estómago, mas no pregunté por él cuando terminamos el acto.

Al día siguiente, propiamente en Navidad, recibí la visita del que se estaba convirtiendo en mi mejor amigo. Mientras conversamos de quién sabe qué, llegó otro chico de nuestro grupo. No sé por qué, desde que lo vi cruzando la calle presentí que venía como la lechuza agorera a traer malas nuevas.

Mi presentimiento era acertado…

Por desgracia, aquella madrugada nuestro Tamborilero había partido. Por primera vez había pedido a su madre pasar este día en una estancia apartada propiedad de su familia, en vez de asistir a los oficios religiosos. Besó a su madre, a su hermana, y les deseó una feliz Navidad. Cerró sus ojos y ya nunca más vio otro amanecer.

Tantas cosas pasaron por el filtro de mis sensibilidades en aquellos días… Pero la que saqué de esta historia de pérdida fue una ganancia: la felicidad la construye uno mismo, por encima de las limitaciones y penas. Sin duda, una buena enseñanza a través de una triste coincidencia del destino.

Desde ese día me es imposible llegar a esta fecha sin pensar en él o sin evocar su piel canela, negra cabellera y sonrisa impactante mientras agitaba las manos contra la tambora en los villancicos más alegres o cuando se mostraba reflexivo y sereno tocando el tema que fue y será eternamente su himno, Tamborilero.

La danza

Un violín solitario marca el compás de la balada
En medio de la noche fría, tenue y apesadumbrada
Las voces del olvido se convierten en canto que no calla
Mil y más ojos esquivos acompañan esta danza

Erguida en su pureza se levanta una dama
De su corazón tan herido brota sangre escarlata
Tiñe la blanca gasa que cubre cuerpo y alma
De pasión roja y etérea se viste toda y engalana

Aguarda el buitre enorme, de brea todo se baña,
A que la princesa torpe y débil tropiece y se caiga
Para hacerse con sus carnes y con esas suaves enrañas
Alimento de una tarde y regocijo por la mañana

La dama cae tres veces, el buitre la acompaña
graznando con vívido canto, mientras ella tan lozana
Espera con el brazo adolorido a que el rey venga a salvarla
Se hace tarde en esta noche, nadie viene a rescatarla

Aparece luz brillante en el fondo de la estancia
El violín mortal y sereno enfurece su tonada
Sabe el músico que a esta hora de dolor y desgracia
Ganará la vida misma sobre la muerte esta batalla

Entre luces de colores aparece en media sala
El poderoso rey con su sonrisa y su corona de hojalata
A bailar con alegria con la princesa escarlata
Sus pasos firmes son prodigio, son amor y esperanza

El buitre se acongoja, pierde fuerza y se desarma
Queda tendido en un rincón con la ira y las ganas
Su apetito infinito solo restringe sus ansias
Esperará por siempre a que la princesa roja caiga

Mas esta noche de acuarelas reinan alegría y calma
Del brazo del rey iluminado se sujeta bien la dama
Y entre pasos maravillosos se desarrolla esta danza
Entre logros y sonrisas se escribe un cuento de hadas

Ilustración: La danza

Artista: Antonio Mendoza (Instagram: @fapm_sketches)