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Del caos a las letras

He cruzado el infierno en busca de alas y solo encontré dos pedazos de papel rasgado de algún cuadernillo olvidado. Los recogí del piso, tomé una piedra caliente. Mis dedos se quemaron, no lo niego, pero con esa piedra cargada de la culpa de miles de almas en pena pude escribir.

En esos dos trozos de papel redacté mi vida. Rifé una a una mis penas hasta que estuvieron todas dispuestas a salir, dispuestas a darse golpes y convertirse en letras.  Me permitieron unir los fragmentos de mí misma y darle paso a lo que en un futuro pudiese ser llamado arte.

Abandoné los formatos, las reglas, los dogmas y solo estuve con esa piedra y el papel, volcándome en espíritu como quien vomita hasta la bilis con tal de encontrar la salud perdida.

He decidido ser yo. He regresado a este medio sin salir de mi infierno solo para compartir con ustedes mi metamorfosis. Espero poder levantarme en medio de las cenizas y bailar, reírme de las brasas, cantar, pintar, escribir y SER. Anhelo que al final del camino estén ustedes a mi lado, celebrando los logros que juntos podamos construir.

Es por ello que los esperaré siempre con sus comentarios y aportes.

Con el mismo cariño de siempre,

Nicole.

 

Sublime

Hay calma. Las gotas de rocío humedecen las flores del jardín. No se escucha nada más que la brisa y las hojas secas deslizándose sobre la hierba.

Una abeja revolotea sobre mi cabeza, su zumbido me tranquiliza. Es delicado, casi musical.

Aspiro con lentitud todo el aire que puedo. Entra un hilo de oxígeno frío que recorre mi sistema. Mis poros sienten la temperatura dentro de mí. Hay calma, susurro mientras exhalo.

El cielo celeste encima me arropa; la hierba húmeda impregna mis pies de aroma a tierra.

Es un momento sublime en el que solo estoy yo con mi espíritu, rodeada de verde, de vida, de paz.

Nicole Brouged

 

Las hienas se han reído de ti (cuento).

Llevábamos unas tres semanas internados en la sabana africana filmando la vida salvaje cuando nos encontramos con una leona solitaria que había sido de nuestro interés desde el comienzo de la jornada. La habíamos visto lejos de su manada; su contextura nos hacia sospechar que estaba  a punto de tener crías. Seguirla se convirtió en uno de nuestros principales objetivos desde entonces: además de permitirnos estudiar mejor la situación, el vídeo del parto de la enorme felina nos reportaría buenos ingresos cuando lo ofreciéramos a la televisora.
Uno de esos días observamos cómo la leona cazó a una impala muy joven. El mediodía con su sol insoportable iluminaba a los herbívoros mientras pastaban. La cacería fue breve y bien coordinada: la leona logró apartar a la más pequeña de las impalas de su manada y  atacó directo al cuello de la víctima que de inmediato cayó. La leona comió lo suficiente y se alejó. De inmediato, luego apareció un pequeño grupo de hienas a comer los residuos que dejara la leona.

En los días siguientes ocurrió algo que marcó mi vida. 

Aquella noche, el clima era caluroso en extremo. Traté de quedarme en la tienda y obligarme a dormir sin camisa, mas no pude conciliar el sueño con semejante sofoco. Me levanté y traté de caminar alrededor de nuestro campamento, acompañado de un buen cigarro, aprovechando que Alma no estaba cerca para regañarme por mi práctica <<suicida>> del tabaquismo.

Cuando di la última bocanada a mi cigarro noté que la luz de la cámara —que se auto activaba por movimiento— estaba encendida. Estaba grabando alguna bestia a menos de dos metros de distancia. Con sigilo, me acerqué al equipo. En su pequeña pantalla alcancé a ver la silueta de un animal grande. Alcé la mirada y me encontré con el brillo increíble de dos ojos felinos. A corta distancia tenía a la imponente leona en pleno proceso de tener descendencia.

Lo más rápido y silencioso que pude regresé a la tienda y llame a mis compañeros:

—Alma, John, ¡la leona va a parir!

Ahí estábamos los tres, a la expectativa, mientras tres cámaras filmaban a la adolorida bestia. 

No habían pasado veinte minutos cuando nos dimos cuenta de que la compañía era mayor de lo que pensábamos: detrás de unos matorrales se encontraban cinco o seis hienas tumbadas, como a la espera de que algo sucediera.

La leona comenzó el proceso de parto. Echada de lado, jadeaba. Las hienas se pusieron en cuatro patas, mirando directo hacia la escena, mientras nosotros apenas susurrábamos  algunas frases.

—Esas bichas van a agarrar a la cría. ¿Las espanto? —Preguntó John. 

—Ni se te ocurra —dijo Alma—. Deja que la naturaleza se encargue.

Del vientre de la leona salió el primer cachorro. Ella lo limpió un poco y dejó de lado para cambiarse de nuevo de posición y pujar una vez más. Una especie de masa salió de ella. Ella, sin tocarla siquiera, se concentró en la otra cría.

 —¿Qué era eso, la masa esa? —Pregunté.

—No lo sé, Issac —respondió Alma, tratando de acercarse un poco con su cámara en la mano—, parece un feto muerto o solo placenta.

Las hienas se aproximaron feroces a la leona. Una de ellas la atacó sin piedad, asestándole una mordida severa en una de sus patas traseras. La leona, cansada y herida, trató de defenderse. Una de las hienas tomó lo que pensamos que era el cachorro muerto y se alejó de su grupo a toda carrera. Las otras continuaron lanzando mordidas a la leona, quien solo se mostró interesada en cubrir el cuerpo de su pequeño a la vez que apartaba las bestias enfurecidas con sus garras y gruñidos.

Las hienas, en una voraz cacería, doblegaron a la madre leona con un ataque cuidadoso y muy agresivo. Le mordían las patas desgarrando sus tendones, su lomo y su cabeza.

La leona, en un último intento, se incorporó mostrando su majestuosa figura, pero las hienas comenzaron a emitir sus bufonescas risas. Una de ellas se abalanzó sobre el cuello de la leona y le produjo una horrible herida. Otra sujetó con sus mandíbulas el cuerpo de la cría y se apartó un poco del equipo asesino. La leona ya no pudo hacer nada: mientras se desangraba tirada sobre la seca arena, veía como las hienas se daban un festín con su hijo. Sí, querida leona, las hienas se han reído de ti.

Ya no había más que filmar. La sorprendente astucia de las hienas había quedado archivada en nuestras cámaras.

Varios años más tarde no puedo negar que las imágenes de aquella noche me causaron una profunda impresión. No logro entender por qué las hienas atacaron con tal odio a la pobre leona que nada les hacía. ¿Hambre? ¿Instinto? ¿Revancha? Nunca lo sabré puesto que no estuve observándolas antes de ese desagradable momento. Si tan solo John hubiera intervenido, los resultados hubieran sido distintos.

Sin embargo, algo me dice que eso era inevitable. Tarde o temprano la leona habría​ quedado desprotegida y las hienas se hubieran reído de ella , atacando sin razones lógicas a quien más de una vez les había proveído alimento. Así son ellas, lo sé, van de carroñeras comiendo de la miseria de las víctimas de alguien más, gozan y se ríen en sus banquetes de sangre y muertes. Nunca serán heroínas, ni aún después de ganarle en lucha cuerpo a cuerpo con la gran leona, simplemente porque fue una batalla desproporcionada. Como siempre, carroñeras.

Los niños de polvo

Querido lector (a):

Primero que nada, un millón de gracias por pasarte a leer mis locuras y acompañarme en mi extraña aventura de letras. Si es la primera vez que te topas con este blog, pues BIENVENIDO (A).

En esta oportunidad quisiera compartir contigo una preocupación que me genera sentimientos de frustración, tristeza y enojo. Muchos pueden pensar que solo me quejo detrás de un monitor mientras las situaciones siguen dándose en la vida real, pero no es así. El hecho es que esto se escapa de mis manos.

Bien, iré al grano. Hoy quiero hablarte de los niños de polvo.

¿Quiénes son los niños de polvo?

Franco De Vita, el magnífico cantautor, les ha llamado “los hijos de la oscuridad”. Para mí, ellos son luz, una luz que  brilla tenue en las calles de mi ciudad, una luz que trasciende, que solo ilumina almas.

Son niños. Crecí con la idea de que en la infancia estaba el futuro, el progreso, el destino de la nación. Ahora bien, si tenemos ese futuro comiendo de la basura, con la cara llena de sucio acumulado, deambulando por las avenidas de una ciudad como esta, ¿podemos deducir que no tenemos futuro?

Los niños de polvo, como he decidido llamarlos, son esos pequeños que se encuentran en situación de calle.

¿Cuál es la problemática?

No quiero caer en diatribas políticas ni existenciales sobre si fue primero el huevo o la gallina. Nada hacemos con llegar a discusiones vacías. Necesitamos acciones. Sí, el gobierno tiene una dosis de culpa bastante alta por no avocarse a otra cosa que no sea mantener el control político absoluto, sin embargo, en esta cruz todos llevamos una astilla.

La situación es tan compleja que se ha salido de control.

En los últimos dieciocho años se han redactado leyes que velan por la defensa de la infancia venezolana. Tenemos organismos públicos y privados destinados a resguardar a esos niños que, por negligencia familiar o social, caen en la indigencia. Entonces, ¿dónde está la falla?

En primer lugar, es menester resaltar que las condiciones socioeconómicas del venezolano se encuentran en detrimento. La escasez de alimentos y medicinas, aunada con el desempleo, los altos costos y la descomposición social desde su fundamento (la familia) acarrean pobreza extrema y con ello prolifera el trabajo infantil, la delincuencia y la indigencia.

Luego tenemos la creciente migración de la población del campo y de pequeños pueblos hacia las grandes ciudades, en las que las condiciones tampoco están dadas para garantizar vivienda y trabajo a los que se trasladan a ella. En varios casos, las familias que han buscado una esperanza citadina terminan en las calles.

Como es de suponer, estas criaturitas no están escolarizadas. Muchos han abandonado las aulas para trabajar y/o pedir dinero en la calle, mientras que otros jamás han asistido a una escuela. ¿En dónde quedan sus derechos y su futuro?

Observando a los niños de polvo.

Recuerdo que hace unas tres semanas fui a comprar una pizza para compartir en familia. Eran pasadas las ocho de la noche de un viernes de luna nueva. Estaba el cielo muy claro, la brisa aplacaba el calor del asfalto. Al llegar a la pizzería, vi que una familia de tres miembros adultos y un niño esperaban su pedido. Me entretuve un rato escuchando las ocurrencias de pequeño. Luego llegaron tres niños; eran niños de polvo, con sus caritas sucias y sus ropas descoloridas. Uno de ellos, de unos ocho años tal vez, se acercó a nosotros y nos pidió dinero. No tenía ni un billete en los bolsillos, todo electrónico. Se me heló el corazón. ¡Era un niño, por Dios! ¿Cómo negarle algo a una criatura? Aún lo pienso y me sonrojo. A los pocos minutos se me aproximó una niña de unos doce años; era muy bonita, con su cabello negro, su piel canela y sus ojos como luceros en la media noche. Solo dijo, con la voz apagada: ¿Pueden darme algo? Tengo hambre. Esas palabras resuenan en mi cabeza hasta la fecha. Le compré algo para comer, y le pedí que se marchara a casa (de hecho, le pedí que lo prometiera).

Me costó dormir esa noche. Ellos eran tres niños, tres seres humanos que iniciaban su vida y ya sabían lo que era vivir en las calles y pasar hambre. Es una suerte no merecida. ¿Qué será de esa jovencita? ¿Cuántas veces encontrará personas que quieran hacerle daño? ¿Podrá defenderse? Mientras más analizo posibilidades, más angustia siento por esa niña.

Hace pocos días de nuevo estuve en la calle, haciendo compras rutinarias. Esta vez no  fueron solo tres niños los que vi, sino más de quince distribuidos en varias esquinas, vagando como fantasmas  a plena luz del día, esperando que alguien les diera algo de comer.

No les doy nada porque se mal acostumbran.

Eso dicen muchos. ¡Caramba! ¡Lamentable actitud! ellos tienen un hambre real, un cansancio real, necesidades afectivas reales.

He llegado a pensar que realmente son espíritus, o tal vez son producto de mi imaginación. Observo que todos les pasan por un lado y nadie puede verlos. ¿Qué pasa? ¿Por qué siguen ahí? ¿Por qué, mientras ellos pasan necesidades, los demás se preocupan por elegir el antro nocturno al que irán, o el café más “in”? ¿Todavía importa más que el reggaeton sea menos música que el instrumental clásico o que el internet de X operador sea mejor que el del operador Y? ¡Maldito esnobismo que nos come! Tengamos gustos, no lo refuto, pero acompañémoslos de consciencia. Que un objeto no supere jamás un sentimiento.

En conclusión…

Lamentándolo mucho, sé que esto solo será leído por pocos, analizado por uno o dos, y canalizado en acciones por… ¿alguien?

Me hiere el alma que tengamos un mundo tan perverso, tan lleno de nada. Que a los amables se les vea como bichos en museo, mientras que a los perfectos estúpidos se les corone con laureles.

En fin, mientras nosotros seguimos nuestra vida, allá afuera seguirán esos niños de polvo soñando con con un trozo de pan.

Nicole Brouged

In crescendo

Lento comienza mi mundo a moverse. Tras las sombras me escondo, me aparto, desaparezco. Cierro los ojos y recuerdo todo aquello que debe quedar en el olvido. Inspiro, expiro, el universo le queda pequeño a esta mente mía. Retrocedo. Coloco mis manos sobre la frente, aún siento mi piel, mi cabello. Existo. Puedo sentir mi corazón latiendo con fuerza, pero pongo en duda que siga con vida. No entiendo nada. He olvidado miles de detalles, de números, nombres, sensaciones, y nada que olvido los días grises de mi vida. Arde. Arde el fuego de los años sobre mi alma desnuda. ¡No existo! ¡Qué falacia! Se agotan mis horas y sigo en el mismo foso sin luz, sin compañía, sin mí. Y revolotean los silencios escondidos en los pliegues del tiempo. Y se me enturbian los ojos de sal. Y pierdo la consciencia, tratando de encontrarme en el fondo de la nada. No sé… no sé quién soy, por qué he venido ni mucho menos por qué no me he ido aún. Pesan los años, las terribles horas de peso infinito sobre mis hombros, esos secretos ya confesados y los que aún me faltan por decir. Una sinfonía in crescendo resuena en el viento, y duele, duele como mil puñaladas en el centro de mi cordura. Aturde tanto ruido de pasado, tantas palabras jamás pronunciadas que han desgarrado un destino. Lloro y grito este enojo que me consume, que me destierra del mundo de los vivos. Empuño mis manos y golpeo los muros de esta cárcel que me restringe mi camino. Chillo como bestia, como si nadie pudiese escucharme, y rompo los cristales de mi absurdo corazón. Es hora, digo, y me lo creo por completo. Es el tiempo de seguir adelante, de convertirme en musa de mis propias letras, de volar al Olimpo y posarme en el hombro de Zeus. Pero me contengo. Suspiro mil veces hasta que los pulmones quedan vacíos y el mar de emociones se calma. Abro los ojos y me doy cuenta de que lo que me rodea es igual. Solo se ha terminado la canción.

 

Dedicado a ella… mi amiga de siempre

 

El hombre bajo las estrellas

Te he visto bajo las estrellas, bajo ese cielo tenue que te observa mientras las nubes negras comienzan a formarse.

Te he saludado un par de veces, pero tú no me escuchas, no me miras. No me ves. Tu mente está colapsada, triste, llena de mil cosas que solo yo pudiera entender. Te veo ahí, sentado en la acera y casi puedo verme a mí misma, ida, pensando en quién sabe qué cosa.

Un trueno. Ni te percatas de que las estrellas están ocultas y las gotas de lluvia han comenzado a anidarse en tu barba blanca. Es más importante jugar con tu basura, descartar el papel, y mantener todo en movimiento.

Tus manos agrietadas sujetan un trozo de comida y lo devoras con desespero. Manos sucias, pienso, pero luego recuerdo que alrededor de ti y de mí hay miles de consciencias sucias, esas que tienen parásitos que lanzan en nuestros sistemas vitales convirtiéndonos en nada, dejándonos a la vera del camino, con las necesidades carcomiendo la cordura.

¿Por qué estás aquí, a la suerte de las estrellas y la lluvia? ¿Qué has hecho de tu historia para convertirte en eso que todos ven y que nadie percibe?

Me duele el alma verte ahí, en tus sombras, arrastrando tu pobreza, tu locura y tu silencio en una bolsa de latón.

Tu piel se ha tostado por el sol, ¿acaso también el puente con la realidad se encuentra en llamas? No. Tal vez estás consciente de todo lo que sucede. Me has visto, me has respondido cada saludo, pero soy yo la que, bloqueada por las voces del mundo, no puedo escuchar tus silencios, tu corazón cargado de humanidad y vida.

Nada puedo hacer por ti, solo mirarte, darte un saludo, un trozo de pan, ¡qué se yo! Mientras tanto, tú estarás recorriendo las calles, resguardándote bajo un techo improvisado y durmiendo bajo el manto de luces infinitas.

Nicole Brouged

 

Saldando una deuda o Whatever

Saludos, apreciados lectores. Como siempre, sean bienvenidos a mi circo privado en el que soy payasa, equilibrista, adivina y hasta leona, entre otras cosas.

Como saben, en este espacio puedo escribir cosas útiles para ustedes y me complace que les den buen uso, pero la mayor parte del tiempo la destino (y destinaré) a escribir cuanta locura me llegue a los dedos, porque si relato todo lo que se cruza por mi mente será complicado tanto para ustedes como para mí.

Pues bien, en esta ocasión mi escritura tiene un destinatario muy especial. Lo conocí por casualidad en un espacio al que suelo llamar jungla, infierno y segundo hogar. Ahí puedo ser libre, decir las mentiras que mis verdades ocultan y ser una más en medio de seres sorprendentes. Uno de ellos es este caballero de hermosas letras, humildad que llega al límite de ser negatividad y dos puntos para hacer un suspenso. Su nombre no lo recuerdo; quizás nunca me lo dijo. El caso es que pretende ser un Whatever.

Él y yo hemos compartido poco tiempo, pocas líneas, en trato directo. Mas, mi ojo caprichoso lee cada mensaje que dona a otras personas y en verdad admiro esa decadencia, esas frases directas intercaladas con otras tantas enredadas y formales, ese cierto misterio con el que se autodefine como una persona demasiado corriente (pensando en letras altas: lo que él no sabe es que las corrientes arrastran o electrocutan, dependiendo del tipo). Quienes me conocen saben que no dejo pasar ninguna ocasión de conocer gente fuera de lo normal, y ese ligero amigo es inusual.

Un día de charlas grupales, alguien comentó que llovía (pude hacer sido yo misma, no lo recuerdo en detalle), el caso es que solté mi típico “odio la lluvia”. De inmediato leí algo parecido a “usted no me simpatiza”. Había sido ese compañero sin rostro apodado Whatever. De hecho, decía que era la segunda cosa que encontraba ¿desagradable? (sé que no escribió eso, aunque yo lo asumí de esa manera). Mi respuesta fue un caos: le dije que podría explicarle en doce cuartillas los porqués de mi aversión a ese fenómeno natural. Es más, me comprometí a hacerlo a cambio de que él utilizara el mismo medio para explicarme su saludo diario, siempre tan tenue, tan pesado, tan parecido a lo que yo diría:  existiendo. Sí, señores, él no vive, él solo existe, como una piedra o un árbol seco.

En fin, y lo que nos compete, la palabra se convirtió en reto, el reto en compromiso, el compromiso en una entrada del blog. No serán las doce cuartillas prometidas; eso sería un tanto aburrido. Dejaré que mi pequeña cabeza infinita exponga el punto en tantas líneas como antojo tenga:

¿Por qué odio la lluvia?

El cielo se oscurece. Estoy jugando en el patio de la casa, entre rosas y nísperos. Ahí me invento una vida, unos amigos, un espacio para crear lo que luego plasmaré en papel, con una ortografía aún susceptible a fallos.

Caen las primeras gotas. Recojo los juguetes y me refugio en la sala-comedor. Quiero ver la danza del agua sobre las flores. Los perros que tenemos de mascotas se pasean como si nada bajo la lluvia, hasta que el viento arrecia y deben ocultarse.

Un trueno. Me asusto. Veo a lo lejos el brillo de un relámpago, sucedido por un segundo trueno. Me impresiona y recuerdo las historias sobre personas traspasadas por rayos. A los cuatro años de edad ciertos cuentos pueden resultar inquietantes, tanto para bien como para mal.

Aburrida, camino de una ventana a otra. Puedo observar la calle, que ahora se ha convertido en un río extraño, demasiado recto: un río de ciudad.

Me voy a mi habitación (la que comparto con mi madre y mi tía) y desde ahí observo la lluvia azotando la ventana. Me siento segura, y poco a poco me voy dejando llevar por el sueño.

Me despierta un ruido que proviene del baño. Me levanto y veo que de la alcantarilla dorada, salida de su sitio, permite la fuga de las más asquerosas cucarachas, húmedas, con sus antenas esparramadas y sus patas sin buen agarre. Por más limpia que siempre esté esa casa (inmaculada, aclaro) las cañerías son viejas, siempre guardan la mugre que nadie puede limpiar. Uno de esos insectos escala la pared y vuela en dirección a mi cabeza. Suelto el pomo de la puerta y corro, atravesando las dos salas sociales, hasta llegar a la cocina. Para calmarme, me preparan  chocolate frío.

De camino a la habitación, recorro la sala y veo a mi prima bañándose en la pequeña cascada artificial que se forma en una orilla del techo. Quisiera acompañarla; recuerdo la última vez que lo hice: la fiebre, el ardor de garganta, el dolor de cabeza, los huesos y músculos inertes… En fin, miro unos segundos y opto por seguir con mi bebida y mi plan de irme a dormir.

Me acuesto al lado de mi madre. Ella está leyendo el Popol Vuh. Le pido que me lea un poco. Me explica que ese libro no es acorde a mi edad. Me molesto. ¡Ese libro me encanta! Ya lo he leído por mi cuenta un par de veces y no tengo problemas en escucharlo de otra voz. Mi madre nota mi incomodidad y ofrece narrarme una historia propia.

A estas alturas de mi vida, treinta años después, solo recuerdo el clímax de su cuento:

una lluvia maldita caía, y en algunas de sus gotas traía a tierra a unos niños deformes, malvados, con patas de cucarachas por piernas, lanzaban gruñidos espeluznantes. Esos niños venían con un fin: comer niños humanos.

Como niña al fin, me aterraba esta historia. Aparte de lo “creepy” que es, mi imaginación hiper desarrollada completaba los detalles. Me despertaba en la madrugada sintiendo invisibles cucarachas caminando por mi cuerpo, o escuchaba los falsos gruñidos de los niños de la lluvia.

Cada vez que el cielo se nubla regreso a esos días. Hay más detalles desagradables de aquella época, lamento no poder expresarlos por esta vía. Lo cierto es que no odio la lluvia. La lluvia es bendición. Odio lo que ella me hace sentir, recordar, pensar. Me hace llegar a un nivel de vulnerabilidad repugnante, llevarme a las lágrimas, asustarme… Me impide aflorar mi lado positivo, incluso, para lo que escribo.

Sé que debo hacer una tregua con el tiempo y con los sucesos. Es una deuda que, al igual que la que hoy he saldado con mi estimado Whatever, me daré la oportunidad de sellarla antes de seguir mi camino hacia la paz interior.

Ahora, Sr. Whatever, quedaremos a la espera de su respuesta…

 

La muñeca de porcelana

A partir de la historia de la sirena, los niñitos corrían todas las tardes a escuchar otro cuento más. Solamente imaginar que aquella viejita se convertía en sirena durante la luna llena era más que suficiente para saber que el resto de los relatos debían ser tan impresionantes como el primero.

Una de esas tardes, estaban sentadas conversando muy amenas Nea y Fathulia, la gitana que leía la suerte, cuando fueron interrumpidas por dos niños de Montalvo. Un chico lloraba, mientras que una niña —una de las nietas menores de doña Alicia Puentes Blanco— gritaba enfurecida. Los otros niños lanzaban alaridos, defendiendo al agredido.

—¿Qué sucede, niños? —Preguntó con su voz de viento la anciana Nea.

—Pasa que este niño ha tomado sin permiso uno de los juguetes de mi hija —respondió Lilia Puentes Blanco, madre de la niña.

—¡Eso es mentira, mamá! —Intervino con determinación la hermana más pequeña de la niña del conflicto—. Yo estuve ahí todo el tiempo. Miguelito estaba jugando con todos nosotros, hasta que Lía nos ofreció su pelota, por ser más grande y colorida que la nuestra. Como todos queríamos seguir con nuestro juego y no cambiamos a lo que nos decía Lía, ella se molestó tanto que fue a buscarte diciendo que Miguelito le había robado su pelota. Ella no quiere compartir.

Nea habló en voz baja con Fathulia, quien entregó un colgante a la anciana y luego se retiró.

—¿Saben qué, niños? —Preguntó la anciana, con cierto misterio—. Hoy les tengo una historia muy interesante.

—No nos interesan sus historias. Lía, Edna, es hora de irnos. No quiero que jueguen nunca más con esos niños.

—Venga, señora. La invito. Sus hijas siempre son bienvenidas, por lo tanto usted también. Le aseguro que le gustará la historia. ¿Pueden ver esto?

La vieja sirena enseñó a los niños un figurín de porcelana que pendía de una cinta de tela marrón. Se trataba de una mujercita delgada y blanca como la nieve. Su rostro mostraba melancolía. Como era de suponerse, este era el inicio de otra fantástica historia.

 

Érase una vez una joven reina que anhelaba tener un hijo más que otra cosa en el mundo. Cada noche lloraba en su balcón y pedía a los dioses que escucharan su súplica.

Una mañana de sol radiante, una hechicera visitó el reino, ofreciendo fortuna a quien la deseara. Nadie se acercaba a la hechicera y burlaban sus poderes.

La reina, al conocer de la visita de la mujer de magia, no lo pensó dos veces antes de ansiar visitarla. Con humildad le explicó su necesidad de tener un hijo.

—Puedo concederte tu deseo. Pero antes debes prometerme que serás buena madre.

—Lo prometo.

—Si incumples tu palabra, la desgracia vagará errante por tu reino hasta el fin de los tiempos.

La reina, nueve meses después, tuvo a la niña más preciosa del mundo. La amaba con todo su corazón. Le dio por nombre Día, porque desde el mismo momento en que llegó al mundo su perfecto rostro tenía la luz y la belleza del amanecer.

El rey y la reina se sentían orgullosos de la belleza de Día. Su madre pasaba horas peinando su dorado cabello, mientras que su padre hablaba a todos sobre la maravillosa hija que los dioses le habían dado.

Mientras crecía, los reyes le otorgaron todo tipo de presentes, pero nada calmaba el deseo desmedido de su hija por ser la más hermosa de todas.

Su madre recordaba las palabras de la hechicera y procuraba que su hija tuviera plena felicidad. Ella entendía que ser una buena madre consistía en tener satisfechas todas las necesidades y deseos de la pequeña.

Pasó el tiempo y cada año había más belleza en el cuerpo de Día; sin embargo, su corazón era cada vez más negro. Cegada por su propia hermosura, empezó a maltratar a todas las mujeres que le rodeaban. Pasaba todo su tiempo recorriendo los pasillos de su maravilloso castillo, buscando un espejo para admirar su hermosura y suspirar de alegría, enamorándose cada vez más de sí misma. Evitaba asomarse por los balcones para evitar que las mujeres menos agraciadas maldijeran su belleza.

Un día, nuestra pretenciosa joven decidió salir de su castillo para buscar nuevos espejos en los que pudiera admirarse. Cubrió su cabeza con un pañuelo para que no la identificaran sus súbditos y un vestido todo marrón que disimulaba sus brazos níveos y las pulseras doradas que los adornaban. Irreconocible, Día salió de su cálido hogar.

Una vez en el jardín, se sintió atraída por las bellas flores rosadas, rojas, azules, blancas y amarillas que crecían, despreocupadas, en las caminerías reales. Luego, una mariposa grande y colorida se posó muy cerca de sus manos. Era esta la vez primera en que Día observaba aquella criatura y aquellas bellas plantas. Su corazón, lejos de descubrir un elemento natural de humilde hermosura, sintió pesadumbre y envidia. No podía existir nada más bello en el mundo que ella, pero en esta ocasión ya lo dudaba. Ya no pudo avanzar más y decidió regresar a su aposento.

Echada en su cama, Día lloraba inconteniblemente al darse cuenta de que ella era la mayor belleza dentro del castillo pero en sus alrededores tenía una competencia ineludible. El dolor que eso le causaba le llevó a tomar una decisión que de inmediato comunicó a sus padres: desde ese instante, todas las flores serían removidas del lugar y las mariposas exterminadas. Enseguida, los consentidores padres hicieron cortar todas las flores y aniquilar a todas las mariposas del país.

Una vez más, Día salió de su palacio en busca de un espejo especial que le permitiera ver la belleza que poseía. Camuflada por el atavío marrón, caminó por los jardines del reino, sonriendo al darse cuenta de que no tendría competencia con las bellas flores.

En el bosque, la linda princesa consiguió unas criaturitas preciosas, pequeñas y peludas, alimentándose del pecho de su madre, quien con cuidado limpiaba sus orejitas y vientres. Nuevamente, la envidia invadió el corazón de la princesa Día, quien se dirigió enojada a sus padres, solicitándoles esta vez que eliminara del reino a todas las crías y a sus madres. Ellos, sin pensarlo, ordenaron a los cazadores que dieran muerte a los nuevos contrincantes de su iracunda hija.

Por tercera vez, Día quiso salir. En su camino se topó con varias mujeres de rostros tristes y manos maltratadas. Esta vez sintió mucha alegría, ya que su belleza era mayor que el de otras personas de su género. A fin de lucirse, la princesa retiró de su cabeza el paño marrón que la cubría. Anduvo con coquetería cerca de varios hombres fornidos y de piel tostada, para que le rindieran pleitesía; sin embargo, ninguno de ellos pareció inmutarse por la delgada damisela, por el contrario, continuaron sus labores, cabizbajos y apresurados. Ahora, la indiferencia sonrojó a una engreída mujer, incapaz de permitir que sus atributos pasaran por alto a la muchedumbre. Corriendo, fue a contarle lo sucedido a sus padres, quienes mandaron degollar a todos los hombres del pueblo y tomaron como decreto que todo aquel que tuviera la dicha de acercarse a la princesa, debía mostrar su adoración por la hermosura de la joven.

Ya el reino desprovisto de flores, mariposas, bestias del bosque y hombres; las calamidades cayeron sobre el reino. Llegaron bestias feroces que destruyeron las casas y el cuerpo de las mujeres y los niños, las plagas atacaron los cultivos, los ejércitos vecinos formaron filas delante del reino, que no encontraba la manera de defenderse.

En medio de una cruel guerra, sin posibilidades de ganar, una extraña mujer apareció frente a la reina. Era la misma hechicera que alguna vez cumpliera su sueño de ser madre.

—¿Quién eres? —Preguntó consternada la reina.

—Soy la poderosa hechicera que te dio a la niña más bella de todas. He visto su horrible corazón y por ello he enviado dolor y desesperanza a tu pueblo.

—Revierte tu venganza. ¡He sido la mejor madre! ¡Todas sus necesidades fueron cubiertas!

—No es esto lo que te hace una madre excelente, sino las veces que eres capaz de negarte a las malas actitudes de tus hijos. ¿Hasta cuándo vas a satisfacer sus caprichos y dejar de un lado sus verdaderas necesidades?

La hechicera juró a la reina devolver la vida que su hija había quitado, con la única condición que le cediera su belleza. La reina se rehusó. Por ello, la bruja tomó las almas del rey y de la princesa Día.

Al ver a su familia sin vida, la reina lloró amargamente. Fue tanto su dolor que el arrepentimiento colmó su corazón, accediendo a la solicitud de la hechicera, quien, movida por la misericordia, regresó la vida a todo aquello que Día había odiado, y luego revirtió el castigo propinado al reino. Las flores crecieron, los animales habitaron los bosques, las mariposas volaron sobre los espléndidos jardines, los hombres amaron a sus mujeres, los niños jugaron en los caminos, los reyes gobernaron con sabiduría.

En cuanto a la princesa más hermosa de todas, no quedaron vestigios de su existencia. La hechicera la hizo desaparecer desde antes de nacer.

Algunos años después, los reyes vieron nacer a una princesita de hermoso corazón y tiernos sentimientos. La amaron y la educaron con rectitud y clemencia.  No obstante, la hechicera sabía la verdad sobre la princesa hermosa y, como prueba de su error, la convirtió en una pequeña figurita de porcelana que llevaría cerca de su corazón a través de los siglos.

 

Cuando Nea quedó en silencio, nadie se atrevió a hablar. Los niños habían entendido la historia, sin necesidad de ser mayores para ello. Todos miraron a Lía y a su madre, mientras que el colgante se balanceaba desde la mano de la narradora, haciendo luces con los últimos rayos de sol.

Cuando todos se fueron, Lía se acercó a Nea, y con los ojos húmedos por las lágrimas que se negaban a salir le preguntó:

—¿Me convertiré en una estatuilla de porcelana?

La viejita sonrió, dejando ver sus rosadas encías.

—No lo creo, mi niña. Ya no lo creo…

 

Nicole Brouged

La sirena

 

Siempre sentada en su silla estaba la abuela del circo, la muy respetada Nea. Sus cabellos blancos y sus manos curtidas por los años representaban la mayor sabiduría de entre aquellos maravillosos seres de la carpa.

Una tarde como cualquier otra, varios niños de Montalvo se acercaron a la silla de la anciana para ver cómo tejía rápidamente la malla que esa misma noche vestiría la acróbata desde su cuerda floja. Se mantuvo callada hasta terminar su labor, mientras los ojitos de los niños daban vueltas como la aguja sobre cada tramo de hilo. Entonces, la vieja les invitó a quedarse un rato más, para que escucharan una historia secreta del circo y con gran misterio inició su relato:


​​Érase una vez una hermosa princesa que vivía en su precioso castillo cerca del mar. Era la única princesa que existía, pues solamente había hombres gobernando el mundo en aquel entonces, y sus mujeres parían únicamente varones. Su madre y su padre, los reyes, estaban rodeados de oro. Daban grandes banquetes con todo lo que cultivaban sus súbditos. La princesa, sin embargo, no sentía que aquella maravillosa vida satisfacía los impulsos de su corazón.

Pasó poco a poco la vida de la princesita —cada vez más triste­—, hasta que llegó el momento de casarse. Por supuesto, su esposo sería seleccionado por sus padres, los victoriosos reyes, quienes escogerían entre los príncipes del mundo quién sería el futuro rey de su imperio.

Desde muy lejos, llegaron los príncipes con sus coronas de diamantes y carruajes de terciopelo. Traían consigo dádivas para la princesita: Uno llevó un baúl lleno de oro. Otro le regaló dos hermosos caballos blancos. Un tercero, le dio los dibujos del castillo que en dos días le construiría. Otro más le entregó una corona de cristal. Así, uno tras otro entregaba sus regalos a la princesa, quien los aceptaba sin mostrar mucho interés.

Por fin llegó el turno de un príncipe apuesto y arrogante, que cautivó de inmediato a la joven princesa. Él le entregó una pequeña caja de colores y en un papelito escribió: «Elígeme y estaré a tu lado después de tu muerte». Ella, sin apartar sus ojos de aquel hombre, le sonrió enamorada.

Esa noche, la princesa abrió la cajita de colores que le regaló su amado príncipe. Era una caja de música, de la que salió una melodía especial y tan armónica que ningún ser humano podría interpretarla jamás. Imposible explicar lo que las voces que salían de la cajita le hacían sentir. Parecía el canto de los ángeles en medio de la eternidad. Ella se quedó dormida escuchando su bella canción.

Al despedir a todos los príncipes, los reyes se sentaron a escoger el esposo de su hija. La decisión era difícil, por lo tanto se demoraron varios días discutiendo tan importante suceso.

Entretanto, la hermosa princesa soñaba con su amado y apuesto príncipe, que en sólo unos instantes robó su corazón. Imaginaba los viajes y aventuras que juntos emprenderían, sin límite de tiempo ni espacio, porque él estaría a su lado hasta después de su muerte.

Luego de varios días, los reyes mandaron llamar a todos los príncipes y reyes del mundo para dar el resultado. Prepararon un gran festín e hicieron vestir a la princesa con sus más bellas túnicas. Ya todo listo, escogieron como esposo de su hija al príncipe que le regaló la corona de cristal, por considerarlo majestuoso.

La princesa se levantó de su asiento real y corrió llorando a su balcón favorito, desde donde podía ver el mar, y comenzó a escuchar la misma música de su caja de colores, pero esta vez provenía del mar. Allí abajo, hermosas mujeres la llamaban, con las voces más dulces que alguien hubiera podido escuchar jamás. Cuando se dio cuenta, también un hombre la miraba desde el agua con alegría y le hacía señas para que se lanzara al agua… ¡Era el príncipe que ella tanto amaba! Sin dudarlo, nuestra hermosa princesa se lanzó al mar, y de inmediato se convirtió en sirena. Su cola se movía de un lado a otro por los caminos del mar, mientras arriba, sus padres pensaban que había muerto.

El príncipe tritón y la princesa sirena estuvieron juntos, nadando y cantando en el fondo de las aguas, hasta que un día, el vientre de la sirena creció, y creció hasta que con grande dolor una niña nació.

Era esta niña una bella criatura, con cara de ángel y ojos de esmeralda. A los pocos minutos de nacer bajo el mar, comenzó a ahogarse. Su cola de sirena desapareció y se convirtió en dos piernitas. La princesa sirena lloró de amargura porque su niña debía vivir en la tierra y no en el mar. 

Ambos príncipes llamaron a la bruja de las olas, quien hizo un conjuro con el que la pequeña niña tendría cola solamente durante la luna llena, de resto debía vivir en la tierra, y así fue. Durante muchos años la pequeña vivió con sus abuelos, los reyes, en el castillo. Durante la luna llena, visitaba a sus padres en el mar.

Muchos años pasaron y la niña sirena encontró una ilusión. Se despidió de su familia del mar y de su familia de la tierra y emprendió su propio destino. Se fue lejos, bajo la luz de las estrellas hasta que conoció el circo, y junto con otros seres mágicos, se quedó para siempre en la carpa.

En la luna llena, se encerraba en una pecera gigante para nadar con su cola. De resto, tejía mallas para los acróbatas o se sentaba con los niños de cada pueblo, a contarle la historia de una hermosa princesa que vivía en su precioso castillo cerca del mar.

 

Sin decir una palabra, la anciana se levantó y se retiró, dejando a los niños mudos, mirándola alejarse.

La mejor posada

Ya nada podía asombrar a la gente de Montalvo, según ellos decían. Después del último espectáculo del circo aquel domingo, los ánimos estaban caldeados.

Don Pietro, su esposa y su hija Cristina regresaron sin decir palabra a la posada. Apenas se despidieron de algunos inquilinos y se retiraron a sus respectivas alcobas.

Cristina recordaba cada escena de aquella noche y nada le parecía real. Todo había sucedido con tanta rapidez que su mente no podía asimilarlo. Se sentía terriblemente agotada y sola. Nadie podía ahora verla y por ello se desvistió y se echó al suelo a llorar penosamente.

Don Pietro se acostó, en silencio y se quedó dormido hasta las tres de la madrugada, cuando un ruido proveniente del piso de arriba le despertó. Un golpe seco contra la madera descalabró sus sueños.

Subió pausadamente las escaleras, recordando en cada escalón la lucha de toda su vida para lograr que aquella posada, aquel sueño eterno, estuviese en ese momento lleno de gente.

Don Pietro Victolini era un hombre que pasaba de los sesenta años de edad. En su Italia natal había abandonado una esposa y dos hijos varones sanos, a los que dejó con la promesa de regresar cargado de fortuna para un mejor vivir. Su vida estuvo llena de trabajos y tristezas. Su mayor pena fue saber que su familia se desboronaba como un castillo de arena. Sintiendo que debía expandir sus horizontes, aún joven, llegó a estas tierras y pasó el resto del tiempo de aquí para allá, hasta que conoció un día, en la calle Negra, a Leticia y la hizo su esposa para siempre. Juntos, palmo a palmo, construyeron «La Mejor» y reivindicaron sus vidas en un negocio honesto y digno.

Luego de inaugurar la posada, nadie quería habitarla. Hasta que llegó de otro pueblo una mujer de edad madura, hermosísima, callada y de mirada tierna, que eligió la habitación 6. Cada noche, mientras todos dormían, llegaba con sus pertenencias y las guardaba en silencio. Era una mujer muy misteriosa que únicamente había dado a conocer un detalle de su vida: era viuda. Génesis era su nombre.

Ya habían pasado más de veinte años desde que La Mejor había abierto sus puertas y casi el mismo tiempo desde que su primera inquilina, la hoy anciana viuda, viviera en ella.

Absorto en sus pensamientos y recuerdos, se dio cuenta de que la luz del cuarto de la anciana Génesis estaba encendida y la puerta entornada. Un quejido persistente y la voz serena de la viejecilla llamaron profundamente su atención.

¡La viejita tiene a alguien en su habitación! ¡Qué descaro!

El dueño de la posada abrió de golpe la puerta de la habitación de Génesis y se asombró al ver a aquel ser que vivía con la anciana viuda: era un hombre.

Era aquél un hombre pequeño, algo más que diminuto, con una cara que asustaba por lo mal formada. Su cuerpo era una masa deforme. No poseía cabello en la cabeza, ni vellosidad alguna en su cuerpo.

Su rostro era detestable: la nariz no tenía fosas nasales definidas; la boca era elástica e inmensa, en su interior había una larga lengua y unos chicos dientes amarillos. Los ojos miraban a los lados opuestos y no tenían tonalidad. Las mejillas eran contraídas, haciendo sobresalir los pómulos. El color de la piel era grisáceo y expelía un olor fétido.

Los huesos del cuerpo eran cortos y blandos. Su caminar era muy gracioso. La sangre que corría por sus venas era blanquecina.

Ese hombrecito no hablaba, no reía, sólo balbuceaba y dejaba derramar una espesa y espumosa saliva por su cara. No pensaba ni oía.

Era el hijo de la viuda, el monstruo de la viuda. Tal vez maldición, mala suerte o genética, algo fue la causa de que la bella anciana tuviese un hijo así. Pero a pesar de todo él era para ella un regalo.

Todo el sufrimiento de la madre y su esfuerzo no eran en vano, algún día sería recompensada. Ella lo sabía y por eso lo amaba, lo cuidaba y lo protegía; daría su propia vida por él. Quizás, en ese deforme cuerpo, guardara un alma, la más pura del mundo.

La anciana miró con ojos suplicantes a don Pietro y se llevó el dedo índice a los labios, en señal de silencio. El señor solamente cerró la puerta y prometió no hurgar más en las habitaciones de su propia posada.

 

Bonita

 

​Mire usted: ¡Qué bonita es Juanita, la chiquita de los Gómez! Sus ojitos son brillantes, su naricita es preciosa, su boquita parece una florecita del campo, su carita la luna llena. No salió fea como su madre ni deslucida como el padre; tampoco es esmirriada como el hermano mayor. Ella es afectuosa, respetuosa y bonita, muy bonita.
Todos la quieren: mamá la besa cada mañana, papá le ha comprado una muñeca con un vestido de encajes, el hermano quiere jugar con ella, compartiendo sus camiones de lata. Las vecinas le preparan galletas de manteca —que huele un rato antes de hincarle los dientecitos blancos, y se come una y otra y otra, hasta que la barriguita le empieza a doler—, la maestra le enseña canciones de niña buena. Pero hay alguien que la quiere más que a nada en el mundo.

Él no la quiere bien. Él la mira con los ojos torcidos y le dedica sonrisas. Eres mi novia, le dice, y Juanita se cubre la cara. A mamá le hace gracia que él le diga eso, pero más divertido es ver la cara de la muchachita bonita mientras un ojito se le sale entre los deditos. ¿Te casas conmigo? Pregunta él. ¡No! Yo soy chiquita pa’ eso. Él y mamá explotan en risas. Pero Juanita lo ha dicho en serio, con las cejas cruzadas, la boca apretada y las manos empuñadas en la cintura. Quizás por eso es tan hilarante.

Venga Juanita que le tengo un regalo. La muchachita abre los ojos, esconde los bracitos tras la espalda y se balancea. Su cuerpo pequeño se ve lindo con ese vestido de colores. ¿Un regalo? Está interesada, como todo niño.

—Sí, sí, un regalo —dice él—. ¿Quiere verlo?

—Sí. ¿Dónde lo tiene? —Pregunta ella con los ojitos de par en par.

—Lo tengo en mi casa. Es muy grande para sacarlo para acá —sus manos se separan indicando el tamaño del obsequio.

—¿Y cómo me lo voy a llevar pa’ mi casa?

—¡Ay, Juanita! Ahí veremos. Bueno, si usted no lo quiere, se lo doy a otra niñita.

—¡No! Démelo a mí —dice ella.

¡Qué contenta está Juanita! Él le toma la mano pequeñita y la lleva por el camino. Cruzan la calle, atraviesan el parque y siguen mucho más lejos. Uste’ vive muy lejos, se queja la niña. Ya vamos a llegar, la tranquiliza él. Ya, pues, que no quiero andar más, que mi mamá se va a enojar. No hay respuestas. Juanita se asusta porque no le gusta el monte. Algunas veces su hermano se ha metido de cabeza al monte y ha salido con una lagartija, una araña de dos cabezas o una picadura de serpiente. Me quiero ir a mi casa, lloriquea la bonita niña. Él no habla, pero tampoco se regresa ni le suelta la mano.

Ya es de noche y la niña no está en la casa. Tampoco en el patio, correteando al perro.

—Señora Blanca, ¿ha visto a Juanita?

—No mija.

—Señor Evelio, ¿no habrá visto por aquí a Juanita?

—Desde esta mañana que no la veo, cuando andaba contigo.

¡Juanita, Juanita! Gritan mamá, papá, el hermanito, el señor Evelio, la señora Blanca, todos los demás. Él también está en el grupo, sereno, demasiado sereno.

¡Mamá! Grita el hermanito desde el monte, mientras sus amigos corren alterados. La madre sigue al niño, el padre también; los vecinos caminan un poco más, pero se detienen de golpe al escuchar los alaridos de la mujer.

¡Qué bonita era la Juanita! La noche serena baña su cuerpo bonito. Su rostro de niña, siempre bonito, luce apagado como una vela. Sus ojitos se quedaron mirando la cara de él, aterrada. Su naricita preciosa ya no huele las galletas de manteca, ni su boca es roja como una flor.

¡Se nos fue Juanita! Lloran los abuelos. Se fue lejos, más allá del mar. Todos, tristes, la ponen bonita, desenredan su cabello y le ponen los lazos rojos que tenía guardados mamá para la fiesta de San Juan.

Ahora ella, en su cajita de madera, se ha quedado quietecita. Su risa de campanas no se oye en la casa, ni sus manos tocan el carrito de lata de su hermano, ni la muñeca de trapo podrá tomar el té con las tazas rosadas. ¿Dónde está Juanita? Preguntan los niños de la escuela. Maestra, cántele una canción para que se levante y venga a jugar.

Lo que nadie sabe es que Juanita está más bonita que nunca, con unas alas de crema y cristal; come cien galletas de manteca sin que le duela la panza. Corre entre las flores, ha perdido el miedo al monte y a las lagartijas. Usa su vestido de colores. Vive aquí y vive allá. Por las mañanas se queda con mamá, por las tardes con papá. Les da miles de abrazos que ellos no sienten. Corre al hermano, tan triste que está, y besa su mejilla. ¡Mamá, Juanita me ha besado!  Dice el hermano, haciendo que los ojos de la madre se nublen de nostalgia y pena por la niña que se le fue para siempre.

Sí, la niña bonita —¡tan bonita que era!—, sigue siendo bonita, y lo será por la eternidad.